jueves, 29 de octubre de 2015

Mil veces Federer

Por Martín Estévez

El mejor tenista de la historia está a punto de llegar a su milésimo triunfo. Por eso, aprovechamos para repasar sus récords y qué marcas le quedan por batir hasta que termine su brillante carrera.

Los periodistas tenemos una obligación: cada vez que nombramos a una persona, debemos contextualizarla. Decir a qué se dedica o dónde nació. Con Roger Federer, eso no hace falta. Es universalmente conocido tanto por sus logros como por su contra-carisma: parece frío, poco expresivo, bonachón, pero aun así consiguió un cariño en el planeta que, con suerte, cuatro o cinco deportistas recibieron en la historia. 

Mientras escribimos estas líneas, Roger está de vacaciones, listo para comenzar la temporada 2015, en la que rápidamente cruzará otra barrera destinada a las leyendas: la de los mil triunfos. El suizo suma 996 y, según la lógica, durante enero ya llegará a los cuatro dígitos.

Hasta 2009, su gran deuda era Roland Garros, pero lo ganó. Y hasta 2014 le faltaba la Copa Davis, misión casi imposible porque necesitaba ayuda de sus compatriotas, pero apareció Wawrinka y también la logró. ¿Y ahora? Para motivarse, reinventarse y correr una pelotita durante horas, a los 33 años, Federer tiene que encontrar nuevos objetivos, metas, marcas para igualar o superar. Pero, antes de eso, repasemos los que ya están bajo su raqueta.

Los records que ya tiene

Posee centenas de marcas, pero elegimos las más importantes para no aburrirlos. 

*Entre los tenistas que todavía están en actividad, Federer es el que tiene más títulos (82), más finales (124), más semifinales (167), más partidos jugados (1223) y más ganados (996).

*Entre todos los tenistas de la historia, es unos de los cuatro que lograron ganar los cuatro Grand Slams. El que más títulos tiene sobre cemento (56) y sobre césped (14). El que más finales de un mismo torneo jugó: 11 en Basilea, Suiza. El que más partidos ganó sobre cemento: 617. El que derrotó más veces a un Top Ten: 182.

*En los Grand Slams (los cuatro torneos más importantes), sus logros son inmensos. Es el que más torneos ganó (17), el que llegó a más finales (25) y semifinales (36). El que venció en más partidos (279) y el que jugó más torneos de forma consecutiva (60). También posee el récord de finales en Wimbledon (9), y de semifinales (11) y triunfos en Australia (73).

*El último torneo de cada temporada fue cambiando de nombre con el tiempo (Masters, World Tour Finals), pero a Federer no le importan las denominaciones: es el que más veces lo ganó (6) y el que suma mayor número de victorias (48). 

*¿Más? Claro: Roger es el tenista con más triunfos en Juegos Olímpicos (13), con más semanas como líder del ranking mundial (302) y con más semanas entre los dos primeros (428). Podríamos seguir durante treinta páginas, pero lo mencionado alcanza para entender lo importante que es Federer en la historia del tenis.

Los records que le faltan

Acá empieza la parte interesante. Vayamos en orden cronológico. 

*Además de los mil triunfos (lleva 996), el primer gran logro de Federer en 2015 podría llegar enseguida. Si gana algún título, se convertirá en el tenista que obtuvo al menos un torneo durante más años consecutivos: 15. Hasta el momento, la marca de 14 la comparte con Ivan Lendl.

*En el Abierto de Australia, que se disputa este mes, hay dos marcas en juego. Si llega al partido decisivo, se convertirá en el tenista con más finales disputadas en el torneo: 6, y superará las 5 del sueco Stefan Edberg. Y si se consagra campeón, también será el que tenga más títulos ahí: 5, dejará atrás los 4 de Andre Agassi y de Novak Djokovic. Cuidado, que el serbio está vigente y también buscará ese récord.

*En mayo llegará Roland Garros, con más números por analizar. Federer está 2º en partidos ganados en París, con 61, pero el gran problema no es que el líder, Rafael Nadal, lleve 6 de ventaja, sino que el español es el mejor en polvo de ladrillo y es probable que también sume triunfos. Acá, lo máximo a lo que debería aspirar Federer es a recortar la distancia. Nadal también es el que más finales jugó (9) y Roger está lejos (5), pero tiene un gran objetivo cerca: si llega al séptimo partido, alcanzará al sueco Björn Borg en el segundo lugar de la historia.

*La corta etapa de torneos sobre césped siempre disfrutó del mejor Federer. Es el quinto jugador con más triunfos sobre esa superficie (131), pero necesitará de bastantes más para alcanzar al cuarto, Rod Laver (147). 

*Otra marca de triunfos que persigue es la de 84 victorias en Wimbledon que ostenta Jimmy Connors. Roger tiene 73 y, como máximo, este año podría llegar a 80. ¿Batirá el récord en 2016? 

*Un record más que deberá esperar hasta esa temporada es la de semifinales en Wimbledon. Connors lidera con 11, y el suizo ha sumado 9 hasta ahora, al igual que el alemán Boris Becker. 

*Lo que sí puede lograr muy pronto es lo más importante: el octavo título en el torneo. Así dejaría de compartir el liderazgo con Pete Sampras, que también ganó 7, y se acercaría a los 9 que ganó Nadal en Roland Garros, máxima cifra en un Grand Slam.

Sabemos que este texto es un gran embrollo de números y estadísticas, pero el truco será guardar la revista y, cada vez que se acerque un torneo, revisar cuál de estas marcas está en juego.

*El último Grand Slam de la temporada 2015 comenzará en agosto: el US Open. En Flushing Meadows está una de las marcas que Federer tiene más cerca: los 73 triunfos conseguidos por Lendl. El suizo suma 72 y con sólo llegar a la tercera ronda, se convertirá en el tercero con más festejos. Arriba de él quedarían Agassi (79, Roger lo alcanzaría si resulta campeón) y Connors (98). 

*En cuanto a finales, Federer ya ha jugado 6 y sólo lo superan Lendl, Sampras (8) y Connors (7). El logro máximo en disputa es el de ser el máximo campeón en la historia del Abierto de Estados Unidos. Roger ya ha igualado los 5 títulos de Sampras y de Connors, pero si se impone este año, será el único rey.

Objetivos a largo plazo

Además de todas estas marcas que Federer puede modificar torneo a torneo, existen otras que irán evolucionando durante toda la temporada, y recién a finales de 2015, podremos saber cuánto o cuán poco ha avanzado sobre ellas el suizo.

*El francés Fabrice Santoro es poco conocido fuera del ambiente del tenis, pero posee un gran récord: ha jugado 70 torneos de Grand Slam. Federer comparte el segundo puesto con el australiano Lleyton Hewitt (62 cada uno), pero si disputa los cuatro de esta temporada, llegará a 66, y estará en carrera para alcanzar a Santoro en 2016.

*Los 109 torneos que Jimmy Connors consiguió durante su carrera son inalcanzables, pero no los 94 que suma Lendl, segundo en ese rubro. Roger acumula 82 y necesitaría al menos 5 títulos en 2015 para mantener sus chances de alcanzar a Ivan.

*Más difícil la tiene en el apartado “finales jugadas”: lidera Connors, con 163; lo sigue Lendl, con 144; y el suizo rema desde atrás: 124. Sería una verdadera hazaña que jugara dos decenas más en su carrera.

*Paciencia, que ya falta poco. Dejamos de lado los torneos y vamos al partido a partido. Ya dijimos que Federer ha ganado 996. ¿Quiénes lo superan? Connors (qué raro), que obtuvo 1253 triunfos; y Lendl, con 1071. ¿Qué necesita el suizo para mejorar su tercer puesto? Triunfar en 38 partidos en 2015 y en otros 38 en 2016. Con eso, superaría a Ivan. No parece difícil.

*Además de partidos ganados, Connors (1531) y Lendl (1310) lideran la tabla de encuentros jugados. El podio también lo completa Roger, que acumula 1223. Si sigue compitiendo en 2016, el segundo puesto lo espera.

*Hay otra tabla interesante: la de aces (puntos conseguidos directamente desde el saque) que pueden ver en la imagen. ¿Lo tenían a Roger tan determinante con su servicio? En cuanto consiga 80 puntos más por esa vía, superará al estadounidense Andy Roddick.

Al finalizar la última competencia de la temporada 2015 (ATP World Tour Finals), sabremos no sólo si Federer es el que más finales jugó en ese torneo (suma 9, igual que Lendl); también se determinará en qué puesto finaliza. 

Si Roger consiguiera mantenerse todo el año entre los tres primeros, superaría las 595 semanas que Connors estuvo en el podio, ya que suma 540. Y lo alcanzaría en años terminados como Top 3: doce. 

Lo último, y nos vamos a mirar tenis: si en algún momento vuelve a ser líder del ranking, Federer se convertirá en el Nº1 con más edad de la historia, marca que tiene Agassi: 33 años y 4 meses. Vamos, Roger: queda mucho por lograr.

Publicado en El Gráfico N°4453 (enero de 2015)

martes, 20 de octubre de 2015

Tayavek Gallizzi - No para de crecer

Por Martín Estévez

Cuando era chico, sufrió la inundación de Santa Fe y la fragilidad de su bicicleta. En 2014 fue a la Selección como sparring y terminó jugando el Mundial al lado de sus ídolos. Hoy, Taya lucha por minutos en la Liga Nacional.

“Yo tenía 10 años cuando fue la inundación. Estaba en la parte más alta del techo de mi casa, que tenía cuatro metros y medio de alto, y veía cómo el agua se nos iba acercando. Pasó una lancha en la que entraban tres personas más. Mi mamá nos puso a mí, a mi hermano y a mi hermana, que lloraba porque no se quería ir, así que se quedaron las dos. A nosotros nos llevaron. Bajamos en algún lugar y mi hermano, que era más grande, empezó a caminar. A mí me subieron a hombros de alguien y lo perdí de vista. Me llevaron al hospital de niños. Me quedé ahí solo, perdido, muerto de miedo. No sabía qué había pasado con mi mamá y mi hermana. Un señor de la Cruz Roja me llevó a su casa, me dio ropa y comida. Sonó el celular de mi mamá, que estaba en una bolsa. Atendí y era mi abuela. Al otro día me fueron a buscar, pero mi mamá y mi hermana siguieron perdidas. Cuando las encontraron, estaban en un refugio. Dormimos en la casa de otros familiares hasta que bajó el agua y pudimos volver a limpiar, porque había barro hasta en el techo. Perdimos todo: ropa, muebles. Es un momento que no te podés olvidar nunca en la vida, te marca mucho. Es traumático”. 

Tayavek Gallizzi habla de la inundación que sufrió Santa Fe, y su familia, entre el 29 de abril y el 3 de mayo de 2003. Y aunque esta es una revista sobre deportes, nos pareció importante dejar el relato entero. 

En aquella tragedia hubo entre 60 y 160 muertos, dependiendo de la fuente a la que se recurra, pero lo más terrible es que muchas de ellas eran evitables. Tayavek, hoy, lo puede contar. Otros y otras, lamentablemente, no.

-¿Mejoró algo en Santa Fe, o sigue inundándose si llueve?
-Recién ahora están empezando a hacer cloacas, el agua no queda tan estancada y se inunda un poco menos. Mi mamá todavía vive en el mismo lugar, pero, por suerte, la pude ayudar para arreglar bastante la casa.

Tayavek era un basquetbolista con buen futuro hasta 2014, cuando se convirtió en algo más: en la sorpresa del plantel que jugó el Mundial. Pivote alto (2,05) y con simpatía por el juego fuerte, luego de almorzar todos los días con Scola, Nocioni y Prigioni durante aquel torneo en España, volvió a luchar por cada minuto en cancha en Quilmes de Mar del Plata. Llegó ahí a los 17 años. Antes, había vivido en Santa Fe Capital.

-¿De dónde surge el nombre Tayavek?
-Les pregunté a mi mamá y a mi papá, pero no tienen idea. Lo eligieron sólo porque es raro. Lo quise buscar, pero no apareció ningún significado. Sólo apareció un tipo que se llama igual que yo y que debe plata, así que no busqué más (risas). El segundo nombre, Ismael, es por mi abuelo.

-¿Tus viejos tienen nombres raros?
-¡Fabiana y Jorge! Uno de mis hermanos se llama Jorge, pero a los demás también les pusieron nombres raros: Ayrton, Atenas y Nayibé.

-¿Cómo te iba en la escuela?
-Regular. Tenía años muy buenos y otros, medio bajos. Hasta 7º grado fui a la escuela Bialik, de la comunidad judía, por eso después llegué a Maccabi. Los profesores se portaron excelente conmigo. Me acuerdo de que tenía una bicicleta medio vieja y se rompía todo el tiempo, pero la usaba para ir al club. Siempre que salía, no sabía si iba a volver caminando, o peor: con la bicicleta en el hombro. Y mis amigos me prestaban su bicicleta, o me ayudaban a arreglarla, porque plata para otra bici no había. En Maccabi tuve dos entrenadores: Javier Martínez y Fernando Esquivel, que me regaló una bicicleta que era suya.

-¿Cuánto tenías de viaje en bici?
-Veinte, treinta cuadras. Me pasaban cosas insólitas. ¡Hasta se me salió la rueda entera! Se me cortó la cadena, la rueda se descentraba, se trababa y no podía pedalear más. También me he enojado y la he cagado a patadas a la bicicleta… Pero más de una vez me salvó.

-¿El secundario lo pudiste terminar?
-Sí, lo terminé. La última materia que rendí fue... ay, es una que me tuvo... ¿Cuál era?... Me tenía loco, me tenía mal. No me acuerdo...

Se queda un poco molesto, pero le decimos que no importa, que siga contando. “También tuve apoyo de los entrenadores. Yo no tenía plata para los viajes, y ellos la juntaban para que pudiera ir. Jugué desde los 5 años hasta los 12, cuando dejé durante casi dos años. Javier Martínez llamaba todos los días a mi casa, le mandaba mensajes a mi mamá. Me estaba todo el día encima. Al final me convenció y volví para quedarme con el básquet ”.

-Le debés una. ¿Le regalaste una camiseta?
-Todavía no. Supe que dejó de dirigir por un problema de salud, pero me imagino la cantidad de tarjetas que debe haber gastado llamándome. Le voy a regalar alguna importante.

-¿Con la religión cómo te llevás?
-No le presto mucha atención. Iba a una escuela judía y siempre me trataron muy bien, pese a no ser judío. Incluso les dieron una mano a mis padres en la inundación. Si tuviera que pagar todas mis deudas, no terminaría más. Lo único que me queda es agradecer.

El de 2014 no fue el primer Mundial para Tayavek. En 2010 jugó el Sub 17 (9º puesto en Alemania) y en 2011, el Sub 19 (4º en Letonia).

-¿Cómo llegaste a la selección juvenil?
-Yo ni celular tenía. Como siempre estaba con Leonardo Galarza, que es como un hermano para mí, ponía su número en todos lados. Entonces lo llamaron a él y después me mandaron un mail. En la preselección yo no sabía ni dónde estaba parado, era algo hermoso, pero esperanzas de quedar no tenía.

-¿Qué recordás de la primera copa?
-Era la primera vez que viajaba en avión, y al lado tenía a una chica con más miedo que yo. Había turbulencias y estaba asustadísimo, pero copiaba a los demás. Si estaban tranquilos, hacía como que estaba tranquilo. También me acuerdo de que debutamos contra Estados Unidos, y hasta el tercer cuarto íbamos ganando. Perdimos por poco y, después, Estados Unidos arrasó con todos los demás.

-¿Y del Sub 19?
-En esa tenía 18 años y yo decía: “No hay chances, hay chicos de 19”. Los entrenamientos eran asperísimos, todos queríamos un lugar.

-Eso a vos no te molesta...
-No, si jugamos callados, me gusta jugar fuerte. Vos jugás fuerte y yo juego fuerte, pero no te quejés. Me molesta cuando el otro se queja, me hace calentar. En Letonia, jugar iba a ser difícil, porque estaban Marcos D’Elía y Matías Bortolín. Yo iba a ser tercer pivote, pero Matías se lesionó, así que el titular fue D’Elía y yo le daba minutos de descanso. Terminamos cuartos y casi jugamos la final.

-Relevo, recambio, dar descanso. Es la función que te tocó hasta ahora. ¿Lo vivís tranquilo, porque sos joven, o no tanto?
-Es muy difícil. Me molesta, pero bueno, tengo que aceptar que no es el momento todavía. El día que me toque, tendré que demostrar cómo me estaba preparando. Con el tiempo fui sumando minutos, así que no puedo decir que esa fórmula no funciona. Hace dos años, en el TNA, estaba remal porque había partidos en los que no jugaba, o jugaba un minuto. Llegué a pensar que estaba perdiendo el tiempo. Pero si estás rodeado de gente que te quiere, te va a decir que te sigas entrenando. Cuando me dejó afuera del Sudamericano 2014, Nicolás Casalánguida me dijo que lo que me faltó fue más oficio en la posición, que eso me lo iban a dar los años. Y es verdad. Cada vez que entro, se me cierra todo, no puedo ver más allá de la pintura. A veces me siento cómodo, pero son más los partidos en los que se me nubla todo.

-¿A Quilmes cómo llegaste?
-En la preselección Sub 17 me vio el que terminó siendo mi representante. Un día apareció y me dijo que había una oferta para ir a Quilmes, que estaba en liga A. Justó descendió, así que arranqué en el TNA 2010/11, me fui con la Sub 19 y el equipo terminó ascendiendo. De ahí, un año a Unión Progresista, de Chaco, en el TNA 2011/12, donde volvimos a ascender. Pasé de promediar un minuto a promediar 3. Pero Quilmes descendió, así que jugué otra vez el TNA en la 2012/13. Tuve altas, bajas y muy bajas. Pero en las finales, contra San Martín, tuve una participación muy importante desde el primer partido, cuando metí 16 puntos, hasta el último. Pensé que la temporada iba a ser un desperdicio, pero terminó siendo buena. Y ahora vengo promediando pocos minutos, pero estoy contento por lo que me viene pasando.

-¿En qué momento te apareció la primera esperanza de jugar el Mundial?
-Cuando quedábamos Nicolás Richotti, Franco Giorgetti y yo; de nosotros tres iba a quedar uno. Los cortaron a ellos, pero nadie me vino a decir que había quedado. Tuve que aguantar el festejo por respeto. Recién cuando viajamos pude decir: qué feliz que soy.

-¿Quién te ayudó a adaptarte?
-Con el tema del entrenamiento, Scola. Pero para integrarme no había diferencias, todos me hicieron sentir parte. A Manu, lo miraba de reojo y decía: “Estoy con Manu Ginóbili, no lo puedo creer”. Con los demás, después de tanto tiempo, me terminé acostumbrando.

-¿Cómo es convivir con Nocioni, tu ídolo?
-Lo miraba todo el tiempo. Contra España, se quería postear Ibaka, y el Chapu peleaba, peleaba, peleaba, no lo dejaba recibir la pelota. Después, lo buscaban a Ibaka para darle la pelota en el poste bajo, y él mismo no quería saber nada. Pedía que dieran vuelta la pelota. Chapu siempre sigue peleando, tiene mucha actitud, se la banca contra todos. Si tiene que pegar, pega. Si se tiene que chocar la cabeza contra la pared, choca. Y a la vez es inteligente. Me gusta que sea cabrón, aguerrido.

-¿Y con Leo Gutiérrez cómo fue?
-Con Leo me había peleado en el último Quilmes-Peñarol. Cuando me sumé al plantel, lo saludé pensando “capaz que ahora viene la piña”. Pero me saludó bien. Después, contra Brasil, yo había errado cuatro tiros libres y, en el entretiempo, Leo se puso al lado y me empezó a pasar la pelota. “Tranquilo, aflojate un poquito, la mano más derecha, el codo más arriba -me decía-. Andá a la línea de tres puntos y volvé”. Me la pasaba, me la pasaba, me la pasaba. Y en el segundo tiempo metí cuatro tiros libres seguidos.

-Parecía que no ibas a jugar pero jugaste: dos minutos ante Senegal. ¿Qué sentiste?
-Era un momento maravilloso, no quería que se arruinara por mis nervios. Entré contento, feliz. Y yo, que siempre tuve problemas con los tiros libres, metí los dos.

-¿Se puede pensar antes de un tiro libre?
-En el receso de la temporada 2013/14, me junté con Esquivel a entrenar tiros libres, porque erraba un montón. El me decía: “Los hombros derechos, los pies derechos, no flexiones tanto”. En el Mundial, en ese momento, sólo pensé en tener los hombros derechos, los pies derechos y no flexionar tanto. Tiempo hay. Eso sí, si estás muy nervioso, hay que pensar en otra cosa: en un pato, en cualquier cosa.

-¿Te cambió la vida después del Mundial?
-Cambió porque me reconocen. En Santa Fe, antes decían: “Mirá ese chico, qué alto”. Ahora es: “Taya, ¿me puedo sacar una foto?”. Y también ahora esperan que haga 20 puntos y 20 rebotes en todos los partidos. Y es algo que nunca hice y que todavía no lo voy a hacer.

-¿Quién lo espera: los hinchas, la prensa, los rivales, tus amigos?
-Un poco todos. Pero si la temporada pasada no lo hice, ahora tampoco. No es que de repente soy bueno (risas). Si yo pienso en que tengo que hacer 20 puntos y 20 rebotes, no voy a poder jugar bien nunca.

-¿Qué te ayuda a soportar la presión?
-Hablarlo con amigos, con compañeros, con mi novia. Yo soy medio cerrado, no me gusta contar mis problemas. Pero eso me hace mal y lo veo reflejado en el básquet. Todo lo que me pasa me afecta en el básquet. Cuando estoy bien, tengo buenos juegos. Si no, no.

La entrevista, de casi una hora, terminó. Las fotos se hicieron días después, en la previa de un partido de Quilmes. Tayavek mostró mucha predisposición y se despidió con una sonrisa. Cinco minutos después, volvió para decir algo: “Me acordé, me acordé: la última materia que di fue derecho”. Y ahí sí respiró aliviado.


El maestro Scola
“En uno de los primeros entrenamientos previos al Mundial -cuenta Gallizzi-, Scola se me acerca con la pelota abajo del brazo. Me la da y me dice: ‘Mostrame tu mejor movimiento’. ¡A mí no se me ocurría nada, no sabía qué hacer! La agarré y pensé: ¿qué hago? Hice un pique, giré y me la defendió. Giré de nuevo y me la volvió a defender. ‘Listo, tiro’, pensé. Y tiré cualquier cosa. Se me puso la mente en blanco y no sabía qué mierda hacer. El abrió los ojos y me dijo: ‘A ver, vení, hacé esto’. Y me enseñó otros movimientos, me los hizo repetir, me mostró cosas que yo ni tenía en cuenta. Un grande”.

62% La efectividad de Gallizzi en tiros libres durante los últimos tres años de su carrera. En la temporada 2012/13, metió 33 de 51. En la 2013/14, 87 de 142. Y en la actual acertó 15 de 24. En el Mundial 2014, jugó un solo partido: ingresó dos minutos ante Senegal. Le cometieron una infracción y fue a la línea y tuvo efectividad perfecta: metió los dos.

Publicado en El Gráfico N°4453 (enero de 2015)

jueves, 8 de octubre de 2015

Tenis 2015 - Choque de generaciones

Por Martín Estévez

En el Abierto de Australia, primer Grand Slam de la temporada, los ganadores de siempre competirán con jóvenes que han irrumpido con fuerza en el circuito.

Ahora sí. La lenta transición que el tenis masculino ha vivido durante los últimos años ha llegado a su fin. En esta temporada 2015, los viejos y queridos maestros (Roger Federer, Novak Djokovic, Rafael Nadal y, a esta altura, Andy Murray) ya estarán completamente mezclados, en ránking e instancias decisivas, con la nueva generación. 

Jóvenes como Kei Nishikori, Milos Raonic, Grigor Dimitrov y Bernard Tomic dejaron de ser promesas para ser rivales serios y formados, candidatos en cada torneo y aspirantes a la cima del tenis mundial. El Abierto de Australia, primer Grand Slam del año, servirá como muestra de lujo del nuevo panorama que tendrá el deporte de la raqueta.

La vieja guardia
Señoras y señores, preparen las palmas para comenzar a despedir a algunos genios. David Ferrer, por ejemplo. Tuvo un pequeño declive en 2014 (terminó 10º) y, a los 32 años, existen indicios de que esa disminución de triunfos se intensificará este año. Más allá de que, por talento y mentalidad, hasta puede ganar Roland Garros, a largo plazo su juego, basado en el esfuerzo físico, sentirá el desgaste. Será casi imposible volver a ver una temporada en la que el español gane 60 partidos y se mantenga cómodo en el Top Ten.

En el mismo contexto podemos enmarcar a otros tres españoles, Feliciano López (33 años, terminó 14º en 2014), Tommy Robredo (32 años) y Fernando Verdasco (31), al francés Julien Benneteau (32), al croata Ivo Karlovic (35) y al australiano Lleyton Hewitt (33). A menos que atenten contra la lógica, sus mejores años ya quedaron atrás y flotarán entre la subsistencia en el Top 50 y, sencillamente, el retiro.

En un universo aparte vive el suizo Roger Federer. Aunque llegará a los 34 años durante la temporada, será un rival durísimo para todos. Luego de un gran 2014 en el que terminó 2º en el ránking, lo suyo será seguir batiendo récords partido a partido. Y, si su cuerpo no sufre ninguna lesión despiadada, casi podemos confirmar su presencia hasta 2016 inclusive.

La edad perfecta
Los tenistas profesionales suelen alcanzar su mejor nivel entre los 26 y los 29 años. En ese grupo encontramos a muchos jugadores que están en condiciones de quedarse con los espacios que los mayores vayan cediendo, o manteniéndose arriba de todos.

Entre ellos, claro, Novak Djokovic y Rafael Nadal. El serbio, líder del ránking mundial, lleva un lustro entero como gran protagonista del circuito y volverá a serlo en este 2015. De hecho, es el principal candidato a ganar el Abierto de Australia. El español sufrió por sus lesiones durante el año pasado, sin embargo terminó 3º. Tal vez en el inicio de la temporada no encuentre su mejor forma física, pero en Roland Garros ya lo veremos en plenitud.

El suizo Stanislas Wawrinka, el checo Tomas Berdych, el francés Jo-Wilfried Tsonga (todos con 29 años), el sudafricano Kevin Anderson, el estadounidense John Isner (28), el italiano Fabio Fognini (27), el croata y campeón del US Open, Marin Cilic, y el letón Ernests Gulbis (26) también están en su punto justo: madurez mental y fortaleza física. Mención aparte merece el escocés Andy Murray, que a los 27 años es una especie de bisagra que une a los gigantes (Federer-Djokovic-Nadal) con los “terrenales”.

Sangre nueva
Desde hace ya cuatro años que, desde Access DirecTV, veníamos repitiendo constantemente sus nombres, y finalmente las amenazas se concretaron: la nueva generación del tenis dio el salto en 2014 y acecha los primeros lugares del ránking.

El japonés Kei Nishikori fue nada menos que finalista del último US Open y terminó en el 5º puesto. Tiene apenas 25 años, los mismos que el eslovaco Martin Klizan (finalizó 34º). De ellos dos se esperan todavía mejores resultados en 2015. Y ya podemos imaginar que, si Nishikori supera su temporada pasada, será porque ganó un Grand Slam o porque ingresó entre los cuatro mejores.

El polaco Jerzy Janowicz (43º) y el argentino Federico Delbonis (61º) poseen todavía mayor margen. Ambos tienen 24 años y un potencial muy grande que los llevará a ser protagonistas de la temporada.

Y luego asoma el grupo de los revoltosos de 22 y 23 años, pequeños que, con toda la carrera por delante, tienen derecho a cierta irregularidad: el belga David Goffin (22º), el estadounidense Jack Sock (42º), el español Pablo Carreño Busta (51º) y el australiano Bernard Tomic (55º).

Por último, mención detallada para cuatro: Milos Raonic, Grigor Dimitrov, Dominic Thiem y Nick Kyrgios. 

El canadiense Raonic es el Top Ten más joven (23 años) y tiene un estilo de juego similar al de Federer que alucina a los aficionados. 

El búlgaro Dimitrov tiene su misma edad y terminó 11º en 2014: su techo todavía no se ha descubierto y posiblemente pelee por ser número 1 a corto plazo. 

El austríaco Thiem sorprendió a todos durante la última temporada y, con apenas 21 años, ingresó entre los cuarenta mejores. 

Y el que viene ahora, claro, es el nombre que oiremos repetir cientos de veces en la próxima década: el australiano Nick Kyrgios, de adolescentes 19 años, maduró de golpe y tiene mucho, muchísimo tiempo para seguir progresando.

Primer round: Australia
Sobre la veloz superficie australiana se disputará la primera gran batalla de la temporada, la misma en la que Wawrinka conmocionó al levantar el trofeo en 2014. Claro que el suizo no será el principal favorito. Djokovic, Federer y Nishikori parten a la cabeza, con Murray y Nadal (en caso de que su cuerpo lo permita) como los mayores rivales. 

Sudamérica, por suerte, contará con varios tenistas que llegarán con ansias de superar la primera semana: los argentinos Leonardo Mayer, Delbonis y Juan Martín Del Potro; el colombiano Santiago Giraldo; el uruguayo Pablo Cuevas; y el brasileño Joao Souza.

Desde el 19 de enero hasta el 1º de febrero, todos, desde los que tienen 19 hasta los de 35 años, se mezclarán en un punto de Oceanía para comenzar a delinear la temporada 2015. ¿Experiencia o juventud? ¿Quién reinará?

Recuadro -  Ellas comparten la gloria
En 2014, el circuito femenino evitó el potencial dominio de Serena Williams, que a los 33 años es una verdadera leyenda contemporánea. Aunque la estadounidense fue la que ganó más títulos (7) y finalizó primera en el ránking, los cuatro torneos de Grand Slam tuvieron campeonas diferentes. La china Na Li festejó en Australia; la rusa Maria Sharapova se impuso en Roland Garros; la checa Petra Kvitova conquistó Wimbledon; y justamente Serena se quedó con el trofeo del US Open. Además de ellas, la serbia Ana Ivanovic (4 títulos) y la italiana Flavia Pennetta (obtuvo Indian Wells) también vivieron una temporada exitosa.

Las candidatas en Australia serán ocho, porque hay que sumar dos nombres más: la rumana Simona Halep (23 años) y la canadiense Eugenie Bouchard (20), potenciales número 1 del mundo en el futuro cercano. ¿Posibles revelaciones de la temporada? La española Garbiñe Muguruza (21), la ucraniana Elina Svitolina (20) y la estadounidense Madison Keys (19).

Publicado en Access DirecTV N°74 (enero de 2015)

miércoles, 7 de octubre de 2015

Racing campeón 2014 - Racing está de vuelta

Por Martín Estévez

La vuelta de Milito generó la vuelta de Racing a los primeros planos y la vuelta olímpica en Avellaneda. Trece años después, otra vez campeón.

Este texto debería ser una crónica del partido que, el 14 de diciembre de 2014, jugaron Racing Club y Godoy Cruz. Pero qué les importa a estos 55.000 tipos que están acá, y a los millones que festejan por el mundo, lo que pasó a los 9, 42 o 73 minutos de un partido. Qué les importa el orden táctico, la concentración en la pelota parada o el modo en que se hicieron los relevos. Es 14 de diciembre de 2014, y Racing es campeón del fútbol argentino. No importa nada más.

¿Qué es Racing?
No existen clubes mejores ni peores, pero existen particularidades que hacen especial a cada club. Y, por eso, no es lo mismo un título de River que uno de Huracán, no es igual que el próximo torneo lo gane Vélez o que sea el primero de Gimnasia en el profesionalismo.

En la Argentina, Racing es la suma de las excepciones, el club particular por excelencia, lo inexplicable que intenta ser explicado todos los días. Porque sí, es cierto, todos los clubes tienen particularidades. Pero en Racing todo es particular, impredecible. O el éxtasis o la catástrofe. O la gloria o la humillación.

La gran mayoría de los equipos del planeta tienen una tendencia estadística. En Primera, por ejemplo, Boca o River ganan más partidos de los que pierden, más allá de alguna mala racha. Y otros equipos, como Banfield, Tigre u Olimpo, saben que terminar arriba es difícil, y que perder más partidos de los que se ganan no es terrible.

Racing no tiene tendencia. No la tiene, en serio. Ir a ver un partido de Racing es, para los matemáticos, el espacio perfecto para lo imprevisible. Acá va el dato: desde la creación de los torneos cortos en 1991, sumando campeonatos locales, internacionales, copas, amistosos, todo lo que quieran sumar, la Academia jugó 1108 partidos, de los cuales ganó 381, empató 342 y perdió 385. Así de parejos (y de desparejos) fueron, en los últimos 24 años, los resultados de Racing.

Nada se sostiene demasiado: en el año 2000 hizo la peor suma de su historia (26 puntos en 38 fechas) y en 2001, la mejor (71 en 38). En la temporada 2013/14 terminó último (33 en 38) y en este torneo, primero (41 en 19).

Son décadas enteras de inestabilidad. En el 93, Racing le ganó al campeón River, pero perdió el título por su derrota ante Newell’s y su empate con Ferro. En el 99, cayó 7-0 contra Palmeiras y, días después, le empató al Boca de Bianchi, en la Bombonera, con un jugador menos. Ese mismo año, le ganó 3-2 al River de Ramón Díaz y lo dejó sin título; pero, a la semana siguiente, perdió 3-0 de local contra Estudiantes. En el 2001, le ganó 2-1 al Boca campeón del mundo, pero luego cayó 4-0 en Avellaneda contra Almagro. En el 2005 era puntero, pero perdió el Clausura por empates contra Huracán de Tres Arroyos y Almagro. Y un larguísimo, larguísimo etcétera.

No existen clubes mejores ni peores, pero a estos tipos que cantan desaforados, hoy, acá, vestidos de celeste y blanco, les ha tocado (o han elegido) subirse a uno de los trenes más particulares, formar parte de una de las historias con más puntos altos y bajos del fútbol argentino. Estos tipos son de Racing.

Diario de una pasión
¿Por qué lloran y ríen a la vez, si son campeones? ¿En qué piensan estos 55.000 tipos (y tipas), qué es lo que los lleva a soltar tanta angustia acumulada?

Lo que piensan es que, en el 84, jugaban en la B mientras su clásico rival era campeón del mundo. Que, en el 86, tuvieron que alquilarle su plantel a Argentino de Mendoza, porque no tenían ningún torneo que jugar. Que en el 88, cuando iban rumbo a cortar la racha de 22 años sin títulos, un injusto le tiró una bomba de estruendo a Navarro Montoya, y Racing perdió ese partido, dos puntos más y el rumbo.

Piensan que, con Rubén Paz, soñaban con el título en el 91, pero el uruguayo se lesionó al meter un gol en el partido anterior, y no jugó el encuentro clave, ante Boca: Racing perdió 6-1. Que cuando era único puntero y le ganaba a Ferro, en el 93, el Loco Dalla Líbera festejó el gol del 2-0 (¡ni siquiera lo había hecho él!) sacándose la camiseta, y lo expulsaron. A partir de ahí, le empataron el partido y todo se derrumbó.

¿En serio hay que escribir sobre el partido, contar que Racing utilizó su esquema tradicional, un 4-4-2 vertiginoso, con Centurión dispuesto a romperlo a la velocidad del rayo, Bou moviéndose por todo el frente de ataque y Milito haciendo siempre lo que le pide la jugada? La realidad es que tal vez ellos, los de Racing, olviden pronto estos noventa minutos, pero evidentemente, antes de que empezara el partido, no se podían olvidar de otras cosas.

De que llegaron con chances la última fecha del Apertura 95 y necesitaban que perdiera Vélez, pero el rival de Vélez era Independiente. Que los del Rojo festejaron como propios los goles del 3-0 del Fortín, porque significaba que Racing seguiría sumando años a sus 29 sin festejos. O que el primer gol de cabeza de un arquero en el fútbol argentino fue de Chiquito Bossio, de Estudiantes, en el Cilindro, para un 1-1 que los alejó de la punta del Clausura 96.

La previa
Tres horas antes de que arranque el encuentro, el estadio ya muestra cubierta más de la mitad de su capacidad. Ninguno de los que tienen menos de 55 años vio a Racing festejar un título en su cancha: la última vez fue en 1961. La atmósfera invade: pareciera que el destino de la humanidad está en juego en estos noventa minutos.

¿Tan difícil es para Racing el desafío de ganarle de local a Godoy Cruz, el equipo más goleado del campeonato? Puf: ¿no alcanzó con lo anterior para entender?

En el 97, casi no se juega un partido de la Supercopa en Avellaneda por las deudas que el club tenía con sus empleados. Mientras los jugadores viajaban rumbo al estadio, se llegó a un arreglo.

En el 98 se hizo un exorcismo en el estadio, pero seis meses después, Racing consumó la segunda peor campaña de su historia, y Daniel Lalín declaró la quiebra del club. Ese mismo año, llegó invicto a los cuartos de final de la Copa Mercosur, definió por penales contra San Lorenzo… y erró los cuatro que pateó.

Ellos escucharon lo que ningún otro grande de la Argentina escuchó alguna vez. “Racing Club Asociación Civil ha dejado de existir”, dijo Liliana Ripoll en marzo de 1999. Los que tienen más de 20 años se acuerdan bien de ese momento. Por todo eso es que ahora, que son campeones, ríen y lloran a la vez los hinchas de Racing. Pero está bien: no nos adelantemos y hablemos sobre lo que pasó en el encuentro final del campeonato.

El partido
Después de un recibimiento tan espectacular como podía esperarse, y también un poco más, llegó el pitazo inicial. Racing salió feroz, nada de esperar, nada de cuidar el cero y esperar el momento justo. Racing salió a ser campeón.

A los 4 minutos, Gastón Díaz ya había hecho amonestar a un rival que frenó con violencia su desborde por derecha. A los 6, conexión entre Bou, que la mató de pecho, Milito y Díaz, cuyo buen centro terminó en córner. A los 8, el que desbordó, pero por izquierda, fue Centurión. Y lo hizo de nuevo un minuto después: Milito conectó su centro con sutileza y el arquero la mandó al tiro de esquina.

Los jugadores de Godoy Cruz casi no llamaban la atención. Apenas hubo silbidos intensos para Rubén Ramírez, de mal estado físico cuando jugó en la Academia, y respeto por lo que podía hacer José Luis Fernández, capitán rival surgido de las inferiores académicas.

Los que no pasaban desapercibidos eran los propios: a los 13 minutos, cuando Videla ganó una pelota en mitad de cancha luego de batallar contra tres rivales, bajó la ovación para un volante que hacía seis meses se había ido al descenso y ahora… ahora nada, porque el partido todavía estaba 0-0.

Las posibilidades de sacarse la presión de encima, de meter el gol que desatara el vendaval, continuaron con un cabezazo desviado de Bou tras centro de Pillud, el único bueno que tiró el lateral derecho durante el partido. Godoy Cruz pateó al arco por primera vez a los 15 minutos, pero en un partido así, el cero en el arco propio no alcanzaba.

Racing tenía que ganar y siguió yendo a buscar ese triunfo. A los 18, escapó Bou, movedizo, pero remató demasiado cruzado, cerca del palo derecho de Moyano. Y a los 20, parecida chance para Centurión, y similar también la definición: cruzado y cerca del poste derecho.

De a poco, el optimismo se convirtió en obligación. Los 55.000 que gritaban no querían meter presión ni querían quedarse callados; los jugadores simulaban mostrar calma, pero por dentro, lógicamente, les corría fuego.

Milito asumió un tiro libre cerca del área, a los 30, y se le fue alta por poquito. Centurión volvió a escapar a los 37, pero el buscapié terminó en el “uuuuuuhhh” de las jugadas que pasan cerca. Se extinguieron demasiado rápido los minutos del primer tiempo, y la historia no era como Racing la imaginaba: 0-0, pero ahora quedaban sólo 45 minutos para cambiar la historia. Qué difícil.

Entretiempo
Difícil, en realidad, era ser de Racing cuando, en la Copa Mercosur 99, Palmeiras le ganó 7-0, River lo derrotó 4-0 y Cruzeiro también le regaló un 4-0. Ese mismo año, por el torneo local, la Academia perdió 4-0 contra Boca y 4-0 contra San Lorenzo. Todo en sólo un año.

Era difícil ser de Racing, pero los 55.000 que están acá lo siguieron siendo, con orgullo, contra cargadas inocentes, pero también durante momentos de tristeza real, de angustia profunda, de desesperación.

¿Sabés lo que es despertarte todos los días y escuchar una y otra vez que la deuda no baja, que quieren cerrar tu club, que los jugadores se van por falta de pago, que el promedio acecha, que los demás ganan y golean y festejan mientras tu equipo sólo pierde y sufre, y vuelve a perder y vuelve a sufrir?

Ellos, estos 55.000, y los millones que están por ahí, lo saben. Lo saben demasiado bien. Por eso ríen y lloran a la vez cuando, al ratito de empezado el segundo tiempo, Centurión peleó la pelota como si fuera Videla, Milito recibió y la abrió como si fuera Milito, y Gastón Díaz desbordó como si fuera Walter Fernández: enganche hermoso hacia adentro, marcador desairado y centro perfectísimo para que Centurión, que siguió la jugada, como pide el manual, metiera el cabezazo, también como pide el manual: cruzado, a contrapierna del arquero. La tocó un defensor antes de que entrara, pero dénselo, denle todo el gol a Centurión. El que surgió de inferiores, brilló enseguida, lo vendieron, se cayó el pase, se lesionó feo, bajó su nivel, fue vendido de nuevo y volvió por falta de pago. Todo eso en dos años. El pibe de 21 años que se bancó la 10 de Racing y que, ahora, corre medio estadio mirando a las tribunas para terminar abrazado con todo el banco de suplentes.

Gol de Racing. Gol de Racing, gol de Racing, gol de Racing.

La costumbre de sufrir
Ahora, cuando el partido está 1-0 y el vendaval se desató, recién ahora los hinchas se permiten olvidar por un momento de todo aquello que les hace contener tantas cosas en la garganta, en el pecho, en el alma.

Por algunos minutos dejan de recordar que, en el 2000, Fernando Quiroz era el capitán de un Racing que había perdido 3 partidos de sus últimos 22, pero Teté sintió que su estado físico no era el mejor, que el equipo sufría su lentitud, y se retiró para dejarle lugar a los más jóvenes. Minutos después de que dijera adiós, ovacionado, comenzó una larga racha oscura: de los siguientes 37 partidos, Racing ganó 3.

Que, ese año, 14 jugadores de Racing fueron rematados. Sí: un martillero les ponía un precio de base e iban al mejor postor. Nadie tuvo la crueldad de realizar ofertas, y todos quedaron libres.

Que sí, que hubo un festejo: el del Apertura 2001. Pero justo cuando estaban por celebrar, la Argentina estalló tras doce años de corrupción y desidia, y el torneo se suspendió. Hubo que esperar hasta el 27 de diciembre para festejar. Y, claro, sufriendo hasta el último minuto: hasta el arquero de Vélez, Gastón Sessa, fue a cabecear al área de Racing para arruinar el 1-1 que le daba el primer título después de 35 años. Y el último hasta hoy.

Pero volvamos, volvamos al partido, que de eso se trata este texto. Al momento posterior al gol de Centurión: parece que será un título tranquilo, nada de agonía, nada de sufrir. River empata ante Quilmes, la Academia saca cuatro de ventaja, aunque todavía quedan 34 minutos cuando Godoy Cruz hace sonar la alarma por segunda vez, con un centro peligroso que nadie puede empujar.

El estadio Juan Domingo Perón se mueve, canta, explota, saborea un campeonato del que sólo lo separa media hora. Pero la siguiente llegada de Godoy Cruz es demasiado rápida, a los 19 minutos, y mucho más peligrosa que las anteriores. Si no hubiera sido por Lollo, el empate habría llegado.

Ahí, claro, los hinchas volvieron a recordar algunas cosas. Por ejemplo que, desde el 2003, hubo cuatro partidos en los que Racing empezó ganando 3-0 y en los que terminó empatando o perdiendo. Y que en ese lapso, a ninguno de los otros equipos grandes les pasó ni una sola vez.

Basta, basta: nada de maldiciones, nada de pensamiento negativo. Pero Ayoví gana un cabezazo en el área a los 28 y los hinchas gritan y se atragantan a la vez. Y se atragantan mucho más a los 33 minutos, cuando Milito habilita con delicadeza a Hauche, que había entrado tres minutos antes para liquidar la historia, y Hauche la liquidó: gran definición cruzada y Racing camp…

No, no, nada de eso: bandera levantada, finísimo offside y, encima, malas noticias desde Quilmes. El gol de River obliga a Racing a sostener el triunfo para no regalar lo construido durante 18 fechas.

Ahí sí, a esos 55.000 y a todos los demás se les vino la memoria encima. El gerenciamiento, que terminó vaciando al club y llevándolo a la debacle deportiva; la Promoción que tuvieron que atravesar en 2008 para defender su lugar en Primera; los tres años, 36 meses enteros, en los que debieron calcular su promedio y el de otra decena de equipos para esquivar una y otra vez el Nacional B; las resurrecciones momentáneas con Juan Manuel Llop, con Caruso Lombardi, con Miguel Russo, con el Cholo Simeone, con Luis Zubeldía. Resurrecciones que eran sucedidas por otra caída, otro pozo, otra tristeza.

River gana y Godoy Cruz se viene, y la crónica de este partido, que no tenía que importarle a nadie, empieza a importar. A siete minutos del final, la gran Racing se hace presente: barullo en el área, se viene el empate, se viene la caída del imperio de Cocca, pero Lollo, Lollo querido, Lollo vestido de Loeschbor, Costas y Basile, todos juntos, salva por segunda vez en el partido, por centésima vez en el campeonato. Sufrimiento estilo Racing, para honrar la historia.

No volverá a haber ninguna cornisa más que atravesar. Los restantes minutos pasarán despacio, pero sin falta de aire. Existió todo un año, entre julio de 2013 y junio de 2014, en el que no salió nada bien, y Racing vio pasar técnicos, jugadores y dirigentes sin lograr levantarse, y terminó último, debajo de todos en la temporada.

Eso fue hace menos de seis meses. Y ahí, en ese momento peligroso, Diego Milito, al que todos siguieron por la tele durante una década, decidió volver. Y también volvieron Centurión y Grimi. Y llegaron Cocca, y Lollo, y Nico Sánchez, y Gastón Díaz, y Acuña, y Videla, y Acevedo, y Castillón, y Bou. Y cuando llegó Bou, todos se preguntaban cómo, cómo Racing había dejado ir al colombiano Roger Martínez, promesa de inferiores, para traer a un delantero del montón. Y terminó siendo del montón de goles. Perdón, Bou.

Saja siguió teniendo el alto nivel de siempre, Aued dejó de tener el flojo nivel de siempre (si en algo colaboró Mostaza Merlo en este título, fue en sacar al volante del ropero), Cabral se ganó el puesto en la defensa y Hauche aprendió que es mejor no hacer todo más o menos, sino algunas cuantas cosas bien.

Un título local en 48 años, malas rachas increíbles, sufrimientos, quiebras, promociones. Y estadio lleno, no sólo en esta última fecha, sino siempre, desde el debut ante San Lorenzo hasta este final, el final del 14 de diciembre de 2014. El final del día en el que, por fin, por segunda vez en medio siglo, Racing es campeón del fútbol argentino

Publicado en El Gráfico: Racing campeón (diciembre de 2014)

jueves, 1 de octubre de 2015

Diego Milito - Superhéroe de Avellaneda

Por Martín Estévez

Volvió cuando el club era un caos y se convirtió en el único que, en los últimos 47 años, ganó dos títulos con Racing. La historia de un crack que debutó tarde, pero recuperó el tiempo perdido llenando las redes.

“Yo amo a racing. Muchísimo. Me encanta jugar acá por más problemas que tengamos”. Si la frase la hubiera dicho minutos después del partido contra Godoy Cruz, es cierto, sería bastante normal. Pero Diego Alberto Milito la dijo a fines del año 2000, cuando Racing estaba quebrado, hundido, al borde del descenso y de la desaparición. Cuando todo salía mal, los chicos de la pensión pasaban hambre y los futbolistas evitaban ponerse la celeste y blanca. Cuando él mismo estaba teniendo una carrera durísima, de mucha paciencia y pocas alegrías.

La historia gloriosa de Milito la saben casi todos, pero ésta, la de la constancia y el sufrimiento, se cuenta poco. Es que nació el 12 de junio de 1979 y, antes que él, ganó popularidad su hermano menor, Gabriel, que se destacó en las selecciones juveniles. Diego llegó a Racing en 1989, cuando era un nenito que veía jugar a Rubén Paz, y se pasó diez años, una década enterita, soñando con llegar, pero sin llegar. Y eso que en las inferiores era de los buenos, eh: en abril del 97, Quinta División, metió ¡cuatro! goles en un 6-2 a Independiente. Y en 1999 fue campeón con la Cuarta, junto a Chiche Arano y el Piquetero Arce.

El tema es que Diego ya tenía 20 años y seguía esperando. A lo sumo jugaba en Reserva, pero en el 98, Racing incorporó a Perezlindo, Latorre, Villalba y Perico Ojeda; y en el 99, a Cordone y Canobbio. Para peor, antes que él ya habían debutado otros delanteros de inferiores, como Lucio Orellano, Julio Suárez (categoría 78) y Juan Manuel Zubeldía (79). Tal vez eso explique un poco por qué Racing estaba como estaba en diciembre de 1999, cuando la dupla técnica formada por Gustavo Costas y Humberto Maschio lo llevó a Santa Fe para jugar contra Unión y en el segundo tiempo le dijo la frase que todos los futbolistas esperan desde chicos: “Vení, que entrás”. Fue un 3-3 y después del debut, cuando le preguntaron por sus sueños, contó: “Me encantaría salir campeón con Racing, es lo más lindo que me puede llegar a pasar”.

El 2000 fue, junto a 1983, el peor año en la historia de Racing. El club y el equipo eran un desastre. Diego convirtió su primer gol (no oficial) en el verano, contra Boca. En el resto del año jugó 27 partidos y metió apenas un tanto: a Colón, claro, en una derrota. Fue cuando terminó el 2000, con Racing habiendo realizado las dos peores campañas de su historia, sin chances de traer refuerzos y al borde del estallido, cuando Milito lo dijo: “Yo amo a Racing”.

Se le abrió el arco
Mostaza Merlo asumió en enero de 2001 y puso como titular a Diego, un poco porque le gustaban sus movimientos y un poco porque casi no había delanteros en el plantel. El Príncipe respondió con goles a San Lorenzo y River en el verano, pero en el Clausura los titulares comenzaron siendo Estévez y Rueda. Uno de los dos grandes enojos que sufrió Merlo en Racing fue en la 2ª fecha, contra Los Andes: la Academia empataba 2-2 y necesitaba ganar, pero él no hacía cambios. “Poné a Milito, no seas...”, gritaban desesperados los hinchas.

Racing llegó a la 17ª fecha con la posibilidad latente de ser alcanzado por Argentinos Juniors y caer en zona de Promoción. Milito, que hasta entonces sumaba 2 goles en 44 partidos oficiales, viajó a Santa Fe y tuvo más de 39 grados el día del partido. Racing perdía 1-0, Colón lo peloteaba y, entonces sí, Merlo lo mandó a la cancha: con fiebre y amor propio, Diego empató el partido en el minuto 90 y le dio un respiro a Racing, que terminaría salvándose de todo.

A partir de entonces, a Milito le cambió la suerte y mejoró sus números: 2 goles en ese torneo, 3 en el Apertura 2001, 6 en el Clausura 2002, 8 en el Apertura 2002... Nacía un ídolo.

Dale campeón, parte 1
Milito fue uno de los tres (junto a Maciel y Vitali) que jugaron los 19 partidos del glorioso Apertura 2001. Su aporte fue clave: dos goles a Newell’s (2-1), asistencia contra San Lorenzo (4-1), gol y asistencia contra Colón (2-1) y la jugada que liquidó el partido en la anteúltima fecha, contra Lanús (2-0).

Lejos de conformarse con el sueño del título cumplido, logró una marca histórica: en los siguientes cuatro torneos fue el goleador del equipo. En el Clausura 2002, la descosió con un doblete en el 2-1 ante el Boca de Bianchi. En el Apertura 2002, hizo 5 goles en una semana: 1 a Gimnasia, 2 a Nueva Chicago y 2 a Olimpo. Recién doce años después, otro jugador de Racing lo lograría: Bou, hace apenas semanas.

En 2003 debutó en la Selección de Bielsa con un gol en el 3-1 a Honduras. Además, metió 6 en el Clausura (uno a Independiente) y 2 en la Copa Libertadores. Y en su último torneo, en recordada dupla con Lisandro López, marcó 8. Su despedida, curiosamente, no fue en 2003, sino en enero de 2004: jugó en el 3-0 a San Lorenzo, por el torneo de verano, pese a que ya había sido vendido al Genoa de Italia.

El rey del viejo continente
Su década en Europa fue impecable. Aunque parezca un error contarla en una revista de Racing campeón, no lo es: los hinchas vivieron sus alegrías como propias.

Diego llegó a un equipo que peleaba por no descender a la Serie C y enseguida lo amaron: metió 12 goles en un semestre (tres al Piacenza) y se animó a patear un penal clave ante Venezia (1-0), cuando todos sus compañeros miraron para otro lado.

En la siguiente temporada, la 2004/05, marcó 21 goles (terminó segundo entre los capocannoniere). Los más importantes fueron en la última fecha: dos para derrotar 3-2 al Venezia y ganar el título y el ascenso a Primera. Todo se fue al diablo cuando se descubrió que el presidente del Genoa había participado del arreglo de partidos. No sólo el ascenso se anuló: el Genoa fue enviado a la Serie C.

El club soltó a Milito, que viajó a España para jugar junto a su hermano Gabriel en Zaragoza. ¿Período de adaptación? Nunca lo necesitó. En su primer año (liga 2005/06) metió 21 goles, incluyendo cuatro en un partido contra Real Madrid, y llegó a la final de la Copa del Rey. Pero todo eso no alcanzó y José Pekerman cometió uno de sus pocos errores claros en la Selección: no citarlo para el Mundial de Alemania.

Los goles llovieron en Zaragoza: fueron 61 en 126 partidos, pero la experiencia terminó con su único descenso.

En 2008 volvió al Genoa, que había ascendido a la Serie A, y estuvo a un grito de ser el goleador del campeonato: metió 23, incluyendo un hat-trick en el clásico ante Sampdoria. Y de allí saltó al Inter.

Fue una etapa monstruosa: 75 goles en 165 partidos y una temporada 2009/10 perfecta. Ganó la Copa Italia: 1-0 con gol suyo en la final ante Roma. Ganó la liga italiana: 1-0 con gol suyo en el partido decisivo ante Siena. Y ganó la Champions League: 2-0 con goles suyos en la final ante Bayern Munich. Antes, aquel Inter de Mourinho había eliminado al Barcelona. Con la Supercopa Italiana, el Mundial de Clubes y la Copa Italia 2011, su cuenta de títulos llegó a 7.

Dale campeón, parte II
A los 35 años, después de una larga lesión y con su contrato en Inter finalizado, le quedaban dos opciones lógicas: irse a contar billetes al fútbol asiático o retirarse. “Yo amo a Racing. Me encanta jugar acá por más problemas que tengamos”, dijo en 2000 y lo siguió pensando en 2014. Algunos de sus compañeros del Inter lo contaron: en sus últimos meses, Milito estaba más pendiente de los resultados de la Academia que de los de su propio equipo. Parece exagerado, pero Milito no podía más del amor por Racing. Y volvió.

Volvió después de que el club terminara último en la temporada por primera vez en su historia. Volvió aunque había que sumar para los promedios, porque el futuro estadístico era oscurísimo. Volvió aunque no hacía falta, aunque ponía en riesgo su prestigio, aunque su estado físico ya no era el de antes. Volvió para cobrar la mitad de la plata que cobraban jugadores que habían arruinado al club apenas unas semanas antes.

Volvió y ganó contra San Martín de San Juan, por Copa Argentina. Y metió un gol en la fecha 1, contra Defensa y Justicia. Y el Cilindro escuchó una de las ovaciones más grandes de su historia en la fecha 2, contra San Lorenzo. Y metió un gol contra Arsenal, y otro para empezar ganando el clásico contra Independiente.

Atención a esta estadística: con Milito en cancha, Racing sumaba 4 triunfos en 5 partidos, y estaba ganando el sexto. Ante el Rojo, salió por lesión y, de pronto, Racing se vino abajo: empató un partido, perdió 3, y estaba perdiendo el quinto (0-1 ante Boca). Diego volvió para esos minutos que faltaban en la Bombonera, y el equipo renació: lo dio vuelta (hermoso pase de pecho a Bou) y, a partir de ahí, ganó 10, empató 1 y perdió 1 de los siguientes 12 partidos. Esos datos alcanzan para entender lo que es Milito para este equipo.

Más allá de su cabezazo clave para abrir el partido ante Estudiantes, o de sus dos golazos para liquidar a Central en Rosario, Milito les explica, a chicos y grandes, cómo se juega en Racing, qué es lo que hay que hacer para salir campeón. Y él puede explicarlo mejor que nadie: es el único ser humano que, en los últimos 47 años, ganó dos títulos con la Academia. Es el superhéroe de Avellaneda.

“Racing es todo, es mi vida. Volví para esto: para ser campeón”, dijo Milito cuando el título se acercaba. Con él, Racing sumó el 85% de los puntos. Sin Diego, el 8%. Su influencia es notable.

43 Los goles oficiales de Milito en Racing: 40 por torneos locales y 3 en copas internacionales. Además, hizo 5 en amistosos.

242 Los gritos en su carrera. Es, detrás de Messi, el máximo goleador argentino en actividad. Hizo 59 en Genoa, 61 en Zaragoza, 75 en Inter, 4 en la Selección y 43 en Racing.

Publicado en El Gráfico: Racing campeón (diciembre de 2014)