Mostrando entradas con la etiqueta Lucha. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lucha. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de agosto de 2014

Santiago Ponzinibbio – La noche de su vida

Por Martín Estévez

Antes de su gran debut, el primer argentino en subirse al sanguinario octágono de la UFC repasa su historia, en la que tuvo que vender milanesas en la playa y dormir en el suelo de casas desconocidas para alcanzar su sueño: ser luchador profesional. “Y ahora quiero ser campeón del mundo”, se ilusiona. 


“Estaba viviendo en Brasil y no sabía el idioma. Dormía en una pensión que estaba al lado de una favela, pero ya no tenía plata para pagarla. Se me había acabado la comida. La moto que usaba para ir a entrenar me la habían robado unos días antes; y después me echaron del gimnasio. No tenía amigos, no conocía gente. Se me estaba dando todo, todo, todo mal. No sabía qué hacer“. Santiago Ponzinibbio, ahora, habla con una mezcla de portugués y castellano, y sonríe cuando recuerda la historia, su historia, días antes de cumplir el sueño por el que se quedó en Brasil pese a que lo esperaban casa, comida y familia en la Argentina: convertirse en luchador profesional y llegar a la máxima competencia, la UFC. 

“Yo soy de La Plata, cerca de Parque Saavedra. Mis viejos se separaron cuando tenía 15 años, vivía con mi mamá y mis hermanos, Joaquín y Pablo”, cuenta Santiago, y muestra un tatuaje en su brazo con las iniciales S, J y P. “Siempre fui un chico hiperactivo. Jugué muchos años al rugby, en el club La Plata, era ala. Después dejé. Me gustaba mucho entrenar, pero no encontraba qué. Estudiar no era lo mío. Terminé el secundario, hice tres meses del profesorado de educación física, pero quería ser atleta profesional. Empecé kick boxing y me llamó la atención, incluso hice algunas peleas amateurs. Justo en la Argentina comenzaba lo que era el vale todo, que casi no tenía reglas para preservar la integridad física. Y después empecé lucha grecorromana con unos amigos que se entrenaban en el Cenard. Me metí a experimentar, y empecé a ganar. A cada pelea que ganaba me emocionaba más, me iba entusiasmando, quería seguir. Conseguí seis peleas, y gané las seis”.

Hasta ahí, la historia viene bien. Entonces, ¿cómo llegó Ponzinibbio a esos días tan difíciles? “Un amigo se fue de vacaciones a Brasil. Yo ni sabía si al sur o al norte, pero le dije: ‘Voy con vos unos días para ver si consigo que alguien me enseñe jiu jitsu’. Es que allá tienen una gran cultura de artes marciales mixtas, están los mejores peleadores del mundo. Tenía 21 años y junté la plata como pude, tenía algún manguito guardado. Llegué y, como no tenía idea de adónde ir, empecé a caminar por la playa mirando a los que tenían camisetas de jiu jitsu para preguntarles dónde se entrenaban. Y así fui a dos o tres chantas, que me chamuyaron un poco, hasta que conseguí un tipo que sabía muchísimo. El me daba clases de jiu jitsu, y yo le daba clases de kick boxing. Los quince días se pasaron muy rápido, así que decidí quedarme en esas condiciones: vivía en un camping, no tenía plata, no sabía el idioma. No fue fácil, pasé necesidades que no había pasado en mi país. Por ahí un día no tenés para comer y ¿a quién le pedís? ¡No comés! Estuve cerca de un año sin hablar con mi familia porque no tenía plata para llamar. Y cuando hablé con mi viejo, le dije: ‘Estoy bárbaro, viviendo en un apartamento frente al mar’. ¿Qué, le voy a ir a llorar? ¡Si el que eligió irse fui yo! En un momento dormí en el piso de la casa de personas que ni conocía. Pero el sueño de ser luchador profesional era mayor”.

Ya entendimos cómo Ponzinibbio llegó a esa situación. Siguiente pregunta: ¿cómo salió?

"Se daba tudo errado allá –dice con su portuñol–. Cuando trataba de conseguir una pelea para ganar plata y que me conocieran, me preguntaban si estaba haciendo dieta. Y yo decía: ‘Sí, claro, dieta’. ¡Pero si compraba una bolsa de fideos y los comía con manteca, estaba bárbaro! Las peleas se suspendían, la plata no aparecía. Y yo decía: ¿hasta cuándo? Así que empecé a inventar cosas para pagar mis gastos del día. Hacía masajes en la playa, preparaba sándwiches de milanesa y los vendía, distribuía cerveza en carnaval, compraba artesanías y las vendía en la playa... Hasta que junté un poco de plata y me hice la visa de trabajo. Empecé a trabajar en bares como mozo, barman, ayudante de cocina o lavacopas”.
 
Un día le ofrecieron entrenarse junto al equipo de un luchador brasileño de UFC: Thiago Tavares. “Al principio no fue fácil –recuerda Santiago–. El juntaba a todo el equipo y le decía: ‘Tengo un argentino que vino a entrenar, ¡vamos a cagarlo a trompadas!’. ¡Era entrenamiento fuerte todos los días! Después de un tiempo hice varias peleas amateurs, me gané mi lugar y empecé a dar clases de boxeo en gimnasios. Ahí conocí al despachante Silveira, que ahora es mi sponsor, y me dijo que dejara de trabajar, que me dedicara a entrenar, me vio talento. ‘Yo te pago las cuentas, lo que necesites’, me decía. Y la verdad es que mi nivel creció muchísimo. Estamos hablando de un deporte muy profesionalizado, y trabajar tantas horas por día de otra cosa no ayuda a tener buen rendimiento. Mejoré mucho y estaba con un buen récord: 19 triunfos y una derrota”.

Muy bien, Santiago, estamos en un punto de la historia en el que ya no la pasás tan mal. Pero de ahí a la UFC parece existir un paso bastante grande. Contanos, contanos...

“Comenzaron las inscripciones para el segundo TUF (The Ultimate Fighter), un reality show de Brasil en el que estaba en juego un contrato con la UFC. Era para la categoría hasta 77 kilos, la mía, y me anoté enseguida. A los pocos días llaman a mi entrenador y le dicen: 'Estamos interesados en el currículum de Santiago, ¿pero es naturalizado brasileño?'. Ahí pensé que no me iban a dejar participar, pero fui igual hasta Río de Janeiro. Había más de 500 atletas y sólo quedaban 28. Llegué primero y me hicieron esperar hasta ser el último. Tuve que explicar que hacía cuatro años que vivía en Brasil, que peleaba allá, y me dejaron inscribirme. Fui pasando test y quedé seleccionado entre los que entraron a la casa, que es como la de Gran Hermano, aislamiento total. Lo único que hacés es entrenar. Gané tres peleas y en la semifinal, a los dos minutos, me quebré el radio. Eran tres rounds de cinco minutos, pero seguí peleando y gané. Me lo quebré en diez partes, me pusieron ocho clavos y no pude luchar en la final. Terminó siendo campeón el tipo al que le había ganado, así que me consideraron campeón moral. Además quedó una imagen positiva y me gané un contrato con la UFC, que era lo más importante”.


La televisión lo llevó a la popularidad en Brasil. “Mi vida cambió. La primera vez que salí a la calle, el programa todavía se transmitía, porque era grabado. Un tipo me reconoció y empezó a venir gente, gente, gente, foto, autógrafos, foto, autógrafos. Tuvieron que llegar cuatro de seguridad para que pudiera irme. Fue increíble. Alguna vez había pensado en volverme, pero como volver era perder lo que había hecho, aguanté. Me había sentido más solo que nadie, y de repente me amaban. Hoy más que nunca lo digo: valió la pena”.

El contrato con la UFC es por pelea, entonces, Ponzinibbio (y todos los luchadores) saben que un mal paso puede dejarlos fuera de carrera. “Ellos no te dicen qué tenés que hacer, pero de algún modo lo sabés –explica–. Vos transmitís una imagen. Si salís en un video peleándote en algún lugar, o hacés algo mal, ¡chau!, a la calle, te quedás sin trabajo”.

La gran noche de Santiago, su debut en la UFC luego de recuperarse de esa lesión de radio, será en Goiania ante Ryan LaFlare, el 9 de noviembre, durante el evento “Belfort vs Henderson”. Allí, una victoria o una derrota pueden marcar su futuro. “En Brasil voy a ser local, y al debutar le voy a estar abriendo las puertas a muchos luchadores argentinos. Vi las peleas de LaFlare y ya pensé la estrategia junto a uno de los coaches. El es un luchador de wrestling americano, zurdo, de gran envergadura, mide 1,85. Trabajamos en la adaptación para luchar contra un zurdo y en evitar que me tire al piso. Hay mucha expectativa puesta en mí, pero no me cambia mucho, porque siempre di lo mejor para una pelea. Esa noche va a ser la más importante de mi vida, pero voy a hacer lo mismo. Si peleé tres rounds con un brazo quebrado, no me voy a rendir nunca. Y si me hubiera quebrado el otro brazo, hubiera trabajado las piernas, no me hubiera rendido tampoco. Porque mi sueño, ser campeón del mundo, es lo que me mantiene vivo”.

¿Qué es la UFC?
La UFC (Ultimate Fighting Championship)  es la principal empresa organizadora de eventos de artes marciales mixtas del planeta. Las MMA (sus siglas en inglés) nacieron en Brasil para intentar definir la superioridad de una disciplina, el jiu jitsu, sobre las demás. En 1993, una empresa estadounidense transformó esas luchas en un show televisivo llamado UFC. Dentro de un octágono delimitado por un alambrado, se combinan técnicas de boxeo, judo, karate, kick boxing, kung fu, lucha libre, taekwondo y, claro, jiu jitsu. Se utilizan guantes finos que casi no amortiguan los golpes y son muy pocas las prohibiciones: no valen los cabezazos, patear en la cabeza al rival caído ni golpear en la columna vertebral, en la nuca o en la garganta. Los rounds duran cinco minutos; son tres en peleas regulares y cinco si está en juego un título mundial. Se puede derrotar al oponente por nocaut, sumisión, descalificación o por decisión de los jueces. El evento en el que debutará Santiago Ponzinibbio, el 9 de noviembre, será el número 252 de la historia

PUBLICADO EN EL GRÁFICO Nº4440 (NOVIEMBRE DE 2013)

viernes, 4 de julio de 2014

UFC: la invasión

Por Martín Estévez

Las peleas de artes marciales mixtas que son furor en los Estados Unidos ganan terreno en Sudamérica. Viajamos a Brasil para vivir desde adentro una velada con doce sangrientos combates y para comprender de qué forma el Ultimate Fighting Championship pretende iniciar la conquista de un nuevo país: Argentina.

No es nada que no se pueda ver por televisión, pero impresiona. La inmensidad del estadio, la puesta en escena, la euforia del público, la sangre. Estamos en Río de Janeiro. El lugar es el HSBC Center, un megaestadio techado con espacio para 14 mil personas. La puesta en escena es una jaula alambrada en el centro y con dos luchadores adentro. El público, que ocupa más de la mitad de la capacidad, corea canciones brasileñas cuando entran los luchadores locales, agita los brazos con desenfreno cuando aparece en la pantalla gigante, genera un trueno nacido de sus gargantas cuando un golpe pega de lleno en un cuerpo. La escena impresiona en serio. Es una mezcla de los grandilocuentes shows norteamericanos con la efusividad brasileña. Todo este suceso, esta atmósfera, este fenómeno forman parte de un plan grande y ambicioso. El plan de la UFC para invadir Sudamérica.

Introducción a la UFC
Hace seis meses, en nuestra edición Nº4432, contamos detalladamente qué es la UFC. Para los que no leyeron esa nota, y para los que tienen mala memoria, resumimos los principales conceptos.

Ultimate Fighting Championship (UFC) es la principal empresa organizadora de peleas de artes marciales mixtas (MMA, sus siglas en inglés). Esas peleas nacieron a principios del siglo XX, en Brasil, para intentar definir la superioridad de un arte marcial sobre los demás. En 1993, una empresa estadounidense creyó que comercializar esos combates podía ser un buen negocio: así nació la UFC.

Las peleas combinan boxeo, jiu jitsu, judo, karate, kickboxing, kung fu, lucha libre y taekwondo. Se utilizan guantes finos que casi no amortiguan los golpes y son muy pocas las prohibiciones: no se puede dar cabezazos, patear en la cabeza al rival caído ni golpear en la columna vertebral, en la nuca o en la garganta. Los rounds duran cinco minutos; se disputan tres en peleas regulares y cinco cuando está en juego un título mundial. Se puede ganar por nocaut, sumisión, descalificación del rival o por decisión de los jueces.

Aquella primera noche de luchas, hace ya veinte años, se repitió tres veces en 1994, cuatro en 1995, cinco en 1996… Los eventos fueron aumentando hasta ser 27 en 2011 y 32 en 2012. Como toda empresa estadounidense, la UFC no se conformó con el éxito local e inició la expansión internacional, organizando luchas en Inglaterra, Irlanda, Alemania, Australia, Suecia, China, Emiratos Arabes… y Brasil.

Próximo objetivo: Sudamérica
Las artes marciales mixtas son populares en Brasil. Nacieron ahí, y el jiu jitsu, especialidad brasileña, predominó en las primeras ediciones de UFC. Por eso, cuando los organizadores decidieron expandir el negocio hacia Sudamérica, tuvieron claro en qué país debían comenzar. El primer evento en Brasil se realizó en 1998, pero la verdadera invasión se inició en 2011, cuando el local Anderson Silva derrotó a Yushin Okami y retuvo el título de peso medio. El éxito de aquel evento (el UFC 134) multiplicó las visitas: hubo tres noches de Ultimate Fighting Championship durante 2012, y ya van cuatro en 2013.

El último de esos cuatro eventos se produjo durante los primeros días de agosto y formó parte de una semana en la que, además, la UFC aterrizó sus primeras naves en el segundo país de Sudamérica que desea invadir: Argentina.

El miércoles 31 de julio se produjo el contacto. Jaime Pollack arribó a nuestro país con el rutilante cartel de “Senior VP de Desarrollo Internacional de UFC y Manager General para América Latina”. El fin era presentar el ambicioso plan para conquistar el territorio. La estrategia tiene como primer paso la difusión mediática de la UFC; como objetivo lejano, la realización de un evento en la Argentina; y como destino glorioso, la inclusión de las artes marciales mixtas como deporte olímpico. Sí: parece demasiado. Especialmente porque en la Argentina el 99% de las personas no es capaz de mencionar el nombre de un luchador de UFC.

La UFC desde adentro
Al mismo tiempo, en Río de Janeiro sobraban carteles publicitarios que anunciaban la llegada de la UFC. El jueves 1º hubo un show musical con la presentación de los luchadores. El viernes 2, la ceremonia de pesaje. Sorprendentemente, más de mil espectadores fueron al HSBC Center, no sólo para ver a los protagonistas subirse a la balanza, también para participar de una ronda de preguntas abierta al público. Todo fue sólo un prólogo para la noche del sábado 4.

A las ocho comienza la primera de las doce peleas. El local Viscardi Andrade derrota al estadounidense Bristol Marunde por nocaut en apenas 96 segundos. El público comienza a encenderse. Se venden remeras, gorras y hasta muñecos de los luchadores. Los combates se suceden con mucha presencia brasileña: 12 de los 24 protagonistas son locales. El nacionalismo es un elemento esencial de cualquier tipo de lucha, y la UFC lo tiene claro.

El ring, de a poco, va cambiando de color. Las manchas de sangre se heredan round tras round, como parte del espectáculo. Incluso durante la primera pelea femenina que se realiza en tierra brasileña, en la que Amanda Nunes, con un codazo que provoca el nocaut, derrota a Sheila Gaff. El público, notablemente excitado, llega a su clímax en la anteúltima pelea. La presencia de Lyoto Machida lo enloquece. El ídolo local muestra algo distinto al resto: menos espíritu sanguinario y más técnica. Bloquea los golpes con una habilidad impresionante. Impresionante en serio. Su lucha con Phil Davis es pareja, pero el estadounidense gana por puntos. El público responde con una gigante silbatina; Davis hace gestos, mira a las cámaras, cumple con todos los rituales que el show le exige.

Cuando comienza la pelea final, el reloj indica la medianoche. José Aldo, brasileño y campeón mundial de peso pluma, defiende por quinta vez su corona. El rival es Chan Sung Jung, más conocido como el Zombie Coreano. Claro: los apodos hollywoodenses también son parte de la estructura UFC. Los luchadores se miden en los primeros tres rounds, intercambian golpes sin demasiada efectividad. En el cuarto, el coreano realiza un movimiento antinatural y su hombro se corre de lugar. José Aldo sigue golpeándolo hasta que Jung gime de dolor, y el árbitro da por finalizada la pelea. Así, el brasileño retiene el título ante un público alegre por el resultado, pero algo decepcionado por el tibio final.

Horas después, la mayoría de los protagonistas estará en otro país, preparándose para los siguientes eventos del mes, todos en los Estados Unidos, y planificando la próxima visita a Brasil. Lejos, muy lejos todavía, asoma la posibilidad de que el batallón completo aterrice en la Argentina.


El embajador
Ningún argentino participó de un evento oficial de la UFC. Hasta ahora, porque Santiago Ponzinibbio podría convertirse muy pronto en el primero. Nacido en La Plata, cuando empezó a practicar artes marciales mixtas se dio cuenta de que el nivel era bajo y no le permitiría progresar. Se la jugó y viajó a Brasil buscando competir. “Al principio pensaba quedarme un mes, pero no volví más –le cuenta a El Gráfico en Río de Janeiro, mientras otros luchadores pasean por la sala de prensa–. La pasé mal, llegué a dormir en la calle, no sabía hablar en portugués, no conocía a nadie. Pero mi sueño era más grande, yo quería ser luchador profesional”. Sobrevivió vendiendo artesanías, sándwiches, lo que fuera en la playa, hasta que se anotó para participar de un reality show de luchadores, en el que el premio para el ganador era el ingreso a la UFC. El llegó a la final, pero no pudo competir por una fuerte lesión. Sin embargo, se ganó la simpatía de muchos brasileños y la de los directivos de la UFC: “Creo que mi debut va a ser este año –se ilusiona Ponzinibbio–. Y si no me matan, no voy a parar”. 

PUBLICADO EN EL GRÁFICO Nº4438 (SEPTIEMBRE DE 2013)

domingo, 2 de febrero de 2014

UFC - ¿Vale todo?

Por Martín Estévez

Los combates de la UFC tienen cada vez más seguidores en todo el planeta. La polémica de un gran negocio que combina artes marciales, una jaula gigante, preparación física y violencia extrema.

Dos personas agarrándose a trompadas hasta que uno queda inconsciente. O la más perfecta combinación de distintas artes marciales. Una jaula gigante, morbo, una riña de gallos con seres humanos. O un fenómeno que capta la atención de millones de espectadores. Es bastante fácil saber cuál es tu punto de vista respecto de la UFC: sentate cinco minutos a ver una pelea y la sensación te va a invadir. Te generará repulsión ver a dos tipos pegándose hasta sangrar, con el mínimo de protección, para entretener a los voyeurs de la violencia que gritan de la jaula para afuera. O te encantará el vértigo, la intensidad, la determinación de luchadores dispuestos a arriesgar su cuerpo con tal de no ser derrotados.

Vale tudo, MMA, UFC
Para explicar qué es la UFC es necesario retroceder hasta principios del siglo XX. En Brasil, las escuelas de artes marciales comenzaron a vincularse para intercambiar información, técnicas, aprendizajes, y decidieron organizar retos entre sus mejores luchadores. Como practicaban distintas disciplinas (karate, kick boxing, lucha libre, kung fu, jiu jitsu) se creó una nueva que permitía la competencia: el Vale Tudo. Era sencillamente una lucha abierta, libre, sobre un ring en el que cada peleador elegía su técnica. Se establecieron mínimas reglas: no valía meter los dedos en los ojos ni los golpes en la nuca o en los testículos.

Lejos estaban de ser combates sanguinarios: el objetivo era inmovilizar al rival, dejarlo indefenso. En definitiva, demostrar la superioridad de un arte marcial sobre otro ante la mirada de los maestros. En ese duelo de disciplinas, el jiu jitsu impuso su dominio gracias a la familia Gracie, un verdadero clan de luchadores que pasaron el cetro de generación en generación.

La popularidad de sus peleas creció hasta el punto que, a principios de la década de 1990, un grupo de empresarios de (qué sorpresa) Estados Unidos les propuso transformar esas luchas en un espectáculo televisivo. Así nació el Ultimate Fighting Championship (UFC).

El 12 de noviembre de 1993, en Colorado, ocho luchadores pelearon por un premio de 50 mil dólares. No había límite de peso ni de rounds. Nada de puntos o fallos de jueces: se luchaba hasta que uno se rendía o quedaba nocaut. Para agregar impacto visual, se cambió el ring por una jaula gigante. Ante seis estadounidenses y un holandés, se impuso el brasileño Royce Gracie, continuando la tradición familiar.

Mientras los combates de artes marciales mixtas (MMA, según sus siglas en inglés) evolucionaron a través de reglas más específicas y protección para los luchadores, la UFC impulsó un estilo más parecido a las peleas callejeras que a un duelo filosófico entre disciplinas.

Éxito peligroso
La buena repercusión del primer evento permitió la continuidad de los UFC. Royce Gracie ganó tres de los primeros cuatro. No logró el UFC 3 porque terminó extenuado en su triunfo de cuartos de final ante Kimo Leopoldo y no pudo seguir en el torneo.

En las siguientes ediciones (4 en 1995, 5 en 1996) se fueron sumando luchadores de España, Japón, Canadá, Rusia, Venezuela, Israel, Irán y Puerto Rico, donde se efectuó el UFC 8. En el UFC 12 se introdujeron categorías según el peso de los luchadores, por lo que ya no había un campeón único (actualmente son ocho categorías en hombres y una en mujeres). Luego se agregaron las Superfights (combates especiales fuera del torneo) y otras peleas anexas a las principales. En 1997 hubo un evento especial en Japón y en 1998, otro en Brasil. Ken Shamrock, Dan Severn y Mark Coleman fueron algunos luchadores emblemáticos.

Sin embargo, en 2000 (cuando se disputaron los UFC 24 a 28), las ganancias comenzaron a bajar. Varios estados habían prohibido el evento por su salvajismo y una muerte en la jaula podía transformar el meganegocio en un problema judicial enorme.

La UFC comenzó a modificar poco a poco los reglamentos para mejorar su imagen, acercándose más al estilo MMA. Las peleas tenían límite de rounds y, si los dos luchadores terminaban de pie, decidían los jueces, como en el boxeo. Dejaron de valer los cabezazos y se convirtió en obligatorio el uso de guantes, aunque muy finos, para evitar los permanentes cortes. Además, el luchador que pierde por nocaut no puede volver a combatir durante 90 días.

El furor
Muy rápido, la UFC se convirtió en la principal empresa organizadora de peleas de MMA. El número de eventos creció notablemente: 5 en 2004, 10 en 2005, 18 en 2006, 27 en 2011, 32 en 2012. El número de espectadores se potenció y el negocio aumentó gracias a los suscriptores al pay per view (aquellos que pagan para ver las peleas en vivo). No sólo en Estados Unidos: la UFC se expandió por el planeta y llegó también a la Argentina. Probablemente la mayoría de nuestros lectores ya se cruzó, casual o intencionalmente, con alguna pelea dentro de la jaula. Los luchadores, totalmente profesionalizados, poseen cada vez más resistencia y ansias de destrozar el cuerpo del rival. Las tomas y repeticiones en cámara lenta muestran los golpes y la sangre en detalle. Los premios a los combatientes pasaron de aquellos 50 mil dólares de 1993 a 600 mil en 2004 y más de un millón en 2012. Ya hubo eventos en Gran Bretaña, Irlanda, Alemania, Australia, Suecia, China y Emiratos Árabes. En Estados Unidos tiene más televidentes en cable que el golf y el boxeo. Y algunos hasta se animan a pedir que la UFC sea considerada un deporte.

¿Quién gana?
Las reglas actuales generan que no sea fácil saber quién gana una pelea y por qué. Veamos los detalles. Igual que en el boxeo, existen cinco maneras de triunfar: por sumisión, por KO, por KO técnico, por decisión de los jueces o por descalificación.

Sumisión o abandono: no sólo sucede cuando el luchador no quiere seguir peleando, sino cuando demuestra dolor o no tiene posibilidad de defenderse de una toma de su rival. Por ejemplo, cuando se inmovilizan sus extremidades o es estrangulado.
KO (knock out): sucede cuando un luchador queda inconsciente o sin reacción. No es necesario el conteo hasta diez, el árbitro puede decretar el KO de modo inmediato.
KOT (knock out técnico): se decreta cuando el árbitro considera que uno de los luchadores no está en condiciones de seguir y que hacerlo pondría en riesgo su vida.
Decisión de los jueces: igual que en el boxeo, si al terminar los rounds (de dos a cinco, según la pelea) no hay ganador, tres jueces votan para decidir quién se impuso. Puede haber empate.
Descalificación: se le da por perdida la pelea al luchador que realiza un movimiento ilegal (golpe en los testículos, en los ojos, en la nuca) que ponga en riesgo la salud del rival.

No vale todo
Aunque la idea de dos personas golpeándose para alimentar un negocio que favorece a señores de traje y corbata resulta muy antipática, los organizadores intentan quitarse esa imagen de encima. Permanentemente se insiste en separar los eventos oficiales de la UFC en particular y de las MMA en general de los eventos no oficiales, que es un modo amable de llamar a las peleas clandestinas, a los combates ilegales en los que existe nula protección para la salud de los luchadores y que se financian a través de apuestas. Es evidente que eso no sucede en los eventos profesionales. 

En la actualidad, las peleas organizadas por la UFC tienen altos niveles de seguridad. A los peleadores se les realizan análisis previos, los árbitros están preparados para detener las peleas cuando existe riesgo de muerte y el octógono (construido con metal alambrado revestido de vinilo) se encuentra acolchonado en varios sectores para evitar golpes fatales.

Los organizadores se enorgullecen de la poca cantidad de muertes que las MMA generaron. Los números se discuten, porque no termina de quedar claro qué competencias pueden considerarse oficiales y cuáles no, pero serían seis: Douglas Dedge en 1998, Sam Vásquez en 2007, Michael Kirkman en 2010, y Mike Mitelmeier, Dustin Jenson y Tyrone Mimms en 2012. El argumento es que en comparación con otros deportes (como el boxeo o el automovilismo) la cifra es baja.

Aun así, la violencia como espectáculo sigue siendo mirada de reojo y con desconfianza desde varios sectores. Mientras tanto, la UFC acumula dinero y seguidores, indemne ante las críticas. El fenómeno de este vale todo un poco más reglamentado parece estar en expansión en un siglo XXI que denigra a la violencia social, pero le da legitimidad jurídica a la violencia dentro de una jaula de metal alambrado, donde dos personas intentan desmayarse a las piñas ante las expectantes miradas ajenas.

La situación en Argentina
A nivel internacional, el papel de nuestro país dentro de las artes marciales mixtas es secundario. La principal entidad nacional es la Federación Argentina de Deportes de Combate y Freestyle. Se realizan numerosas peleas amateurs y no oficiales, pero pocas a nivel profesional. El primer evento oficial se organizó en 2003 bajo el nombre de Argentina Fighting Championship, pero no tuvo continuidad. A partir de 2007 comenzaron a realizarse luchas profesionales bajo el nombre de Real Fights, aunque de modo esporádico. En cuanto a los luchadores, ningún argentino ha combatido en las peleas principales de la UFC y son muy pocos los que participan en eventos internacionales de MMA. Uno de los principales representantes actuales es Cristian La Serpiente Bosch. El campeón mundial de kick boxing debutó en enero de este año con una victoria sobre el misionero Cristian Zamudio en Mar del Plata y es muy probable que vuelva a pelear en MMA. Otros argentinos con trayectoria relevante son Alex Schoenauer (nacionalizado estadounidense, llegó a competir en UFC), Luciano Correa (ganó importantes peleas en Brasil), Fernando Pitbull Martínez, Diego Toro Visotzky, Emiliano Vatti, Favio Martino, Patricio Reilly, Guido Canetti y Ángel Orellana.

PUBLICADO EN EL GRÁFICO Nº4432 (MARZO DE 2013)